Media hora del mundo, un año

Media hora del mundo, un año


No hay que hablar poéticamente 
de la poesía.
Witold Gombrowicz





.


¿Qué será
de la tristeza
cuando la abandone?


.


Pliego las sábanas
las guardo sucias.
Dejo en el medio
un papel
para recordar
cuando sea el momento.


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Separo los cubiertos
antes de que el frío
se traslade a mis dedos.
Guardo cada cosa en su lugar.
Como si todo tuviera un orden.


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Abro la puerta
y saco la basura.
Los recolectores
se llevan los cadáveres
de la noche.


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Dejo cualquier canal.
Pongo a cargar el teléfono.
Respondo a cada recuerdo
con perspicacia e ironía.
No caigo
a pesar de la hora.


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Escribo del otro lado
porque parecerse a mí
es incluso peor.


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Preparé el café
como cada mañana.
Sobró.


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Antes del arroz
había saqueado la alacena,
porque la justicia se toma por la fuerza
aunque ya no tenga.


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Tomo dos mates
mientras leo.
Corregir es simular saber.
Recordar es saber simular.


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El plato queda guardado
en el tercer estante.
Mirarlo me hace ver la luna que asciende
del otro lado del vidrio
que no quiero mirar.


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La cocina tiene una mancha
del guiso que preparé
a su lado.
Sería un hermoso tatuaje.


.


Caliento café
para acompañar el desajolo.
Sería mejor que esto
ponerle la piel al fuego.


.


Golpean a la puerta.
Hago como si no escuchara.
Salir de mí
es encontrar una puerta
para la que no hay llave.


.


Sábado.
7:36.
El vapor de la boca empaña la pantalla.
Sobre ella 
escribo.


.


¿Qué será
de la angustia
cuando deje
de doler?


.


Dos pájaros cantan.
Bajo la rama
un gato.


.


Las flores están quemadas.
No hubo fuego
sino
julio.


.


Pasa la mañana
antes de que baje de la cama.
El vecino escucha
una de Los Mirlos
mientras levanta
con cemento
su mundo.


.


¿Qué será del abandono
cuando la tristeza
se vaya?


.


Armo la cama
para la visita.
Ve el papel que cae.
Yo no.


.


Debajo de la cama
duerme
la parte de mí
que todavía
no sana.


.


Hice fideos con tuco
para ensuciar la cocina
y pedirle a la visita
que me ayude a limpiarla.


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El trompo
mezcla 3 x 1.
Algo queda.
Siempre.


.


Se había cortado 
la electricidad.
La luz de emergencia
encendió
mientras buscaba
sus ojos.


.


Golpeo la puerta
del lado de adentro
para llamar
al que se fue
cuando cerraron 
por fuera.


.


Puse queso 
en el centro del plato
para sacar los cubiertos
del cajón.
Puse una flor
en el centro de mesa.


.


Escribo recuerdos
mientras los vivo.
No soy responsable
del lector que pueda ser.


.


La película
trata de un viaje en auto
a través del desierto
donde siempre siguen 
huellas.


.


¿Cuándo puso la ventana
el vecino
que no vi
que el paisaje
es piedra acomodada
para protegerse?


.


Volví a salir
luego de un año
de dejar que el cuerpo
se vaya sin mí.


.


En una esquina
colisionan dos autos.
Miro como yo y mí
vamos para el mismo lado.


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En la casa de tatuajes
venden versiones
de recuerdos 
que no son la mancha
ni el fuego.
Huyo.


.


¿Qué fue del mí
que escribió sobre la cama
lo que una rata
comió debajo?


.


Giro
hasta taparme la cabeza
con el acolchado.
A mi lado, su ronquido
es la fricción
de los engranajes del tiempo:
media hora del mundo, un año.

Para leer, escuchar y mirar.

En este espacio virtual dejo mi versión digitalizada, o al menos una parte de ella. Soy Eduardo E. Vardé, un practicante artístico que siempre quiere aprender, porque es en esa búsqueda constante por construir aprendizajes en donde voy dejando versiones inconclusas de una idea incompleta.

Por este medio, socializo lo que puedo, porque la escritura sin recepción es una obra nula y la literatura es, como afirma Ranciere, el espacio más democrático porque permite lecturas y escrituras donde pueden participar todas las voces. 

Como el arte sin socialización es un espacio de nuda vida, se comparte el acceso gratuito a Dos veces breve, su primer libro de microficciones, más fragmentos de Felicidoniavideos y páginas donde publicaron mis trabajos y en donde van a encontrar a otres autores.




Como si supiera quién soy

Eduardo E. Vardé

Foto: Marisa Paulucci.

COMO SI SUPIERA QUIÉN SOY

Tengo que contar quién soy y la verdad, no sé por dónde comenzar.
Mi partida de nacimiento dice: "Eduardo Enrique Vardé". Según este documento, tendría treinta y cinco años y sería hijo de una madre soltera, Josefa Rosa Isabel Vardé. De mi padre biológico no sé ni el apellido. Aunque sí tengo papá. Es algo así: otra mamá, una mamá no biológica que cumplió el rol de un padre, a veces de padre ausente. Elsa Carabajal. Padre por amor. Y como todo padre, un tema de terapia.
Entonces debo volver al principio. Soy Eduardo E. Vardé, hijo de dos mamás: mamá-mamá y mamá-papá. Nací el 30 de julio de 1984, en el sanatorio Humboldt, de Buenos Aires.
Cuenta la anécdota que cuando nací, Elsa corría por los pasillos al grito de "¡Nació Juan Domingo! ¡Nació Juan Domingo!".
Por suerte, llegó tarde a la inscripción. Prefiero llevar este Eduardo, el nombre oculto de Elsa. Ella, en la voz de Rosa, era Eduardo. Cuando comenzaron a salir (y hasta su ruptura en el 92) tuvieron que ocultar su amor para resguardarse de la discriminación. Eduardo era Elsa. El anillo de compromiso de mi mamá llevaba nuestro nombre: Eduardo. Y eso es algo que me enorgullece, que tiene sabor a justicia poética.
En cuanto a lo más formal, crecí, viví y soy moronense.
Aunque los vientos de mis elecciones me hayan llevado por tres temporadas a La Plata y por cinco a Moreno, siempre tendré parte de mi corazón en Morón.
Tengo la compañía de la mujer más adorable del mundo. La única opción para un insoportable como yo.
Hoy soy Profesor en Lengua y Literatura, porque ella me obligó con un "¡estudiás o te vas!"
Y estudié, no me quedaba otra. Sin embargo, esa opresión me liberó. Y desde esta libertad que construimos, la vuelvo a elegir cada mañana.
Tengo una hija que es una oda a la vida. Cada momento de su adolescencia me hace replantearme el nivel de alienación que llevábamos en los noventa.
Aprendo de las mujeres de mi vida y, como me dijo la jefa de la carrera de base "tengo mi lado femenino muy exacerbado".
Además, escribo narrativa breve, muy breve, más breve, un poquito menos larga que más breve. Pero no me lee nadie (o al menos son pocos los comentarios que recibo).
También intento hacer poemas. Busco esa cosa de poner en palabras todos los sentidos descolocados que me cuelgo en la mirada.
Pocas veces sale.

Justo, hoy no.